


Frieder, el camarógrafo, abrió su maletín repleto de royos, lentes y objetivos de diferentes diámetros y calibres, buscando el que finalmente instalaría en su cámara, que comenzó a enfocar y disparar sobre un grupo de personas reunidas en el muelle del pequeño puerto.
Captó los principales instantes de lo que parecía el bautizo de un barco o la inauguración de una empresa. Un grupo de jóvenes en cordial camaradería abordando. Una botella de champaña deshaciéndose en mil pedazos bañando la superficie del casco en la proa. Luego el brindis con espumosas copas de champaña. El paseo de inspeccionamiento por todos los rincones y plantas. El momento de intervención de cada uno de los oradores con sus discursos. El almuerzo de la tripulación con sus invitados. La clausura de la asamblea y finalmente, de lejos, flotando en agua la nave en cercanías del mismo puerto.
En la foto donde aparece el capitán revisando el Diario de Abordo, de su tercer barco, se ve con el semblante grave, envuelto en la nostalgia...Años más tarde escribiría en su revista Frieder: "Aquel viejo navegante manipulaba el timón conservando, extrañamente, una recóndita serenidad, enfrascado en la confianza y seguridad que le producían sus conocimientos del mar, de la nave que con sus propias manos había ayudado a construir en el viejo astillero y de una fe ciega en la omnipotencia de Dios mientras toda crujía, azotada y bamboleada por furiosas tormentas..."
Y en otro artículo de la misma Revista Navegantes escribe Frieder: "Guindado en una hamaca, mecido por el rítmico rolar de olas y medio dormido por el éxtasis de una profunda meditación, mientras en alas del recuerdo volaba su imaginación, acariciaba con encanto una de las pipas de su colección, que tenía la forma de un barco visto de popa cuando fuma y se aleja en el mar, donde habían transcurrido sus travesías desde la alborada de su juventud."

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